martes, 25 de octubre de 2011

HIGUERA DE LA SIERRA (FIN)

   Hay que terminar esta historia que empezó... Bueno, empezó un día en que, gracias a Internet, pude encontrar a casi todos los amigos de mi infancia. Lo había intentado en otras ocasiones, pero apareció una foto, un comentario de su autor, y al contactar con él   me fue llevando a todos los demás. Todo eso, al cabo de 53 años.

   Gracias a Gabriel Salas, encontré a Eduardo, mi compañero de juegos, de escuela, de tebeos y cromos; de chocolate Nestlé ( en días señalados) y de gusanos de seda en caja de zapatos; mi amigo de la infancia, que se prolonga, con mayúsculas, en la distancia y en el tiempo. Y a Pepe Cuaresma, que me dejó para siempre la pasión por el Betis y el recuerdo al café recién tostado, además de su amistad. Juntos recorrimos unos años muy bonitos de la infancia.

   Pude hablar con ellos por teléfono. Y con Pepe Luís y su mujer, la hija de Prados el guardia. Y, por internet, contacté con Ángel Luis López y su hermana Caty. Y... bueno, encontré un eslabón perdido en mi cadena vital. Perdido pero que había guardado con cariño y seguía presente en el recuerdo. Y, sobre todo, que necesitaba, por apátrida, para recobrar suelo donde hundir parte de mis raíces. Que siguen estando allí, como la otra parte está hundida en Mirabel. 

    Así fue como empecé a escribir mis recuerdos de aquellos años. No todos. Sí los más repetitivos e importantes. Necesitaba, sobre todo, contrastar todas esas vivencias que yo tenía guadadas en mi memoria y paradas en el tiempo, con la visión de ellos, con la ayuda de Eduardo que me ha seguido, para comprobar qué parte conservaba intacta en su realidad y qué parte había podido ser ya fabulada. Que mi imagen quedó parada cuando nos marchamos, pero Higuera ha seguido avanzando hasta llegar a ser un gran pueblo.

    Por eso escribí esta historia que no puede terminar sin un capítulo de sincero y leal agradecimiento. Agradecimiento a mis amigos por serlo y por haberme regalado recuerdos de una bonita niñez. Agradecimiento profundo a mi maestro D. José Arauz, al que pude abrazar un día en Huelva;  a D. Inocencio, a quien no volví a ver, pero que siempre guardé en mi memoria; y a Dª Trinidad, sin cuya ayuda no hubiera sido posible, en aquellos años, mi incorporación a los estudios. Luego, cuando nos fuimos, me dejaron en otras manos y en mi responsabilidad.

   Gracias, por no extenderme, a Ángel el herrero,que soportó mis miedos a sus perros; a Guillermo, el del comercio; a Wolgang, de Correos que nos traía los TBO; a la Sra. María, que limpiaba el Cuartel y me quería mucho y vivía allá por el matadero; y a la Cabalgata de Reyes, que desde Galaroza me escapé con mi amigo Serafín a verla,al año siguiente de irnos,  en el autobús de la Banda de Música; y al impresionante portal de Belén que ayudábamos a hacer; y , en especial, a todos con cuantos compartí el Cuartel hoy ya abandonado y en cuyo patio nació mi hermana y, años más tarde, mi padre y López y otros sembraron una mañana una palmera que luego ví enorme. Gracias, en fin, a un pueblo del que  me siento orgulloso de haber formado parte y del que, aún hoy en día, presumo como si fuera mío.

   Gracias, Higuera.