jueves, 29 de diciembre de 2011

LA FREGONA


Recuerdo a mi madre arrastrándose por el piso de la casa con un trapo en la mano y un cubo de agua y la pastilla de jabón a su lado. También le tocó esa tarea a mi mujer en más de una ocasión cuando aún era casi una niña, que así  fregaban ellas por aquellos años los suelos de la casa. Cuando terminaban, se quejaban de que les dolía todo: las rodillas, la espalda... Y con razón.

Recuerdo igualmente el grito con que éramos recibidos  cuando aparecíamos dispuestos a cruzar todos los espacios del hogar que estaban siendo fregados, con el pretexto de buscar en nuestra habitación, allá al fondo, algo “absolutamente necesario” en aquel momento.  Eras despedido inmediatamente -“¡Fuera de aquí, hombre, que estoy fregando!”- y debías darte por contento si desaparecías al instante. También llevaban razón.

No me gusta comparar y vanagloriarme de lo muy modernos que somos ahora y lo cavernícolas que eran las gentes hace algunos años. Cada época ha sido, siempre, más avanzada que la anterior. Justamente por eso, porque lo hemos ido haciendo sobre los logros anteriores, es por lo que ahora estamos donde estamos, que será bastante retrógrado para quienes llevarán las riendas del mundo en los años venideros a menos que sepan juzgarnos enmarcados en nuestra época.

Sin embargo, me he parado en el recuerdo de las mujeres trabajando  arrodilladas por el suelo - con lo que tiene de imagen y  lo que la imagen conlleva- porque hubo un hombre, D. Manuel Jalón Corominas (1925-2011) que, además de pensar lo mismo, dedicó tiempo, esfuerzo e ingenio para conseguir algo que también es una imagen, pero de distinto signo: que la mujer dejara de arrodillarse para pasar a estar de pie.  

No pretendo aquí debatir sobre la igualdad entre hombres y mujeres. Mi comentario ha surgido porque no hace muchos días,  el 16 de este mismo mes, murió D. Manuel, el inventor de la fregona. Y no tengo conocimiento de que se le haya rendido homenaje de ningún tipo ni por parte de las autoridades competentes en la materia ni por parte de asociación o grupo femenino alguno cuando pocos  y pocas  hicieron tanto   por la mujer, en la práctica,  como en su día hiciera este riojano.

Así que –hijo entonces, hoy esposo y padre- vaya desde aquí mi personal gratitud y reconocimiento. ¡Qué menos!

jueves, 8 de diciembre de 2011

HIGUERA DE LA SIERRA (EPÍLOGO)

     Era el verano del 59. Verano, como siempre en aquellos tiempos, lleno de vivencias, de ilusiones, de juegos en la calle , de nuevas sensaciones y de recién estrenadas responsabilidades porque mi vida había dado un giro por entonces importante. Llevaba ya un año en el Seminario. Y eso significó que, de nuevo en el pueblo, tuviera que compaginar mis antiguas costumbres con las nuevas exigencias. Con todo, niño, no me sentí extraño.

     Recuerdo que tenía ya reloj de pulsera. Me lo habían regalado mis padres por Reyes. Un Certina. Y recuerdo que ayudaba a D. Inocencio en todo cuanto era necesario. También recuerdo que a mediados de verano nos reunimos todos los seminaristas de la sierra en El Repilado, con D. José Lozano. Parada en medio del estío   para ver cómo funcionaban las cosas, pero parada breve, de ida y vuelta en el día. Y me quedó grabada la noticia de que un compañero había muerto ahogado días antes bañándose el el río Tinto allá en San Juan del Puerto. Con el tiempo he olvidado su nombre, pero no el recuerdo.

     Quedó también atrás algún paseo hasta Tebas con ¿Paco? Girón, la vida en el Cuartel con mis amigos, las fiestas estivales, sus corridas de toros en esa plaza tan coqueta  de Las Provincias, llena de solera y sabor, El Cristo... y hasta la fiesta de la sangría. Se cumplieron, en fin, todos los ritos veraniegos de la época y volví a Huelva, a mis estudios. Ya, hasta Diciembre, les dije a mis amigos.

     Pero ese diciembre no volví a verlos. Mis padres se habían trasladado a Galaroza y ya mi vida empezaría a tomar otro rumbo más variado, más movido, de constante, o casi,  transhumancia. De acá para allá, en una palabra.
     Desde aquel verano han pasado ya, exactamente, 52 años.

     Hoy, 8 de Diciembre, me he vuelto a encontrar con Eduardo. Nos hemos vuelto a reunir. Hemos pasado dos horas, de las de pocos, muy pocos,  minutos ante un café.

     Para empezar, él me ha reconocido al verme de lejos. Y nos hemos fundido en un abrazo de años. Me traía un regalo: uno de sus libros dedicado con afecto.Yo le llevaba un recuerdo entrañable para ambos: mi cartilla de escolaridad, con las firmas y la letra de D. José Araúz Bayo, nuestro Maestro, al que iban dirigidos esos primeros minutos del encuentro. Después, hemos hablado... pues eso, de lo que iba saliendo, de todo lo que durante todo este tiempo no pudo ser compartido.

     Y cuando se ha marchado, al despedirnos, quedó claro que nuestra amistad, que empezó siendo de niños, continúa inalterable, fuerte, inamovible. Como quien ha aguantado el silencio no culpable de 52 años. Pero no es amistad de nostalgias. Mira al frente, a la vida que todavía queda, como miran dos adultos.

     Gracias, Eduardo. Ha sido un día muy bonito.