Era el verano del 59. Verano, como siempre en aquellos tiempos, lleno de vivencias, de ilusiones, de juegos en la calle , de nuevas sensaciones y de recién estrenadas responsabilidades porque mi vida había dado un giro por entonces importante. Llevaba ya un año en el Seminario. Y eso significó que, de nuevo en el pueblo, tuviera que compaginar mis antiguas costumbres con las nuevas exigencias. Con todo, niño, no me sentí extraño.
Recuerdo que tenía ya reloj de pulsera. Me lo habían regalado mis padres por Reyes. Un Certina. Y recuerdo que ayudaba a D. Inocencio en todo cuanto era necesario. También recuerdo que a mediados de verano nos reunimos todos los seminaristas de la sierra en El Repilado, con D. José Lozano. Parada en medio del estío para ver cómo funcionaban las cosas, pero parada breve, de ida y vuelta en el día. Y me quedó grabada la noticia de que un compañero había muerto ahogado días antes bañándose el el río Tinto allá en San Juan del Puerto. Con el tiempo he olvidado su nombre, pero no el recuerdo.
Quedó también atrás algún paseo hasta Tebas con ¿Paco? Girón, la vida en el Cuartel con mis amigos, las fiestas estivales, sus corridas de toros en esa plaza tan coqueta de Las Provincias, llena de solera y sabor, El Cristo... y hasta la fiesta de la sangría. Se cumplieron, en fin, todos los ritos veraniegos de la época y volví a Huelva, a mis estudios. Ya, hasta Diciembre, les dije a mis amigos.
Pero ese diciembre no volví a verlos. Mis padres se habían trasladado a Galaroza y ya mi vida empezaría a tomar otro rumbo más variado, más movido, de constante, o casi, transhumancia. De acá para allá, en una palabra.
Desde aquel verano han pasado ya, exactamente, 52 años.
Hoy, 8 de Diciembre, me he vuelto a encontrar con Eduardo. Nos hemos vuelto a reunir. Hemos pasado dos horas, de las de pocos, muy pocos, minutos ante un café.
Para empezar, él me ha reconocido al verme de lejos. Y nos hemos fundido en un abrazo de años. Me traía un regalo: uno de sus libros dedicado con afecto.Yo le llevaba un recuerdo entrañable para ambos: mi cartilla de escolaridad, con las firmas y la letra de D. José Araúz Bayo, nuestro Maestro, al que iban dirigidos esos primeros minutos del encuentro. Después, hemos hablado... pues eso, de lo que iba saliendo, de todo lo que durante todo este tiempo no pudo ser compartido.
Y cuando se ha marchado, al despedirnos, quedó claro que nuestra amistad, que empezó siendo de niños, continúa inalterable, fuerte, inamovible. Como quien ha aguantado el silencio no culpable de 52 años. Pero no es amistad de nostalgias. Mira al frente, a la vida que todavía queda, como miran dos adultos.
Gracias, Eduardo. Ha sido un día muy bonito.
Me parece muy bien que hayas escrito algo en tu blog después de un tiempo, aunque el tema de Higuera se está acabando. De algún modo necesitabas este reencuentro con el pasado en el que se han aclarado muchas cosas, después de 52 años. Agradezco tus palabras, amables y cariñosas y con este "pequeño" paréntesis de tiempo, continuaremos con nuestra amistad independientemente de los años. Me agradó bastante verte y estar un rato de charla; habrá que repetir. UN ABRAZO Y FELICIDAD PARA LOS TUYOS.
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