Creo que pretender hoy demostrar que hombres y mujeres, como personas, somos iguales es tan innecesario como pretender demostrar que todos también lo somos independientemente de nuestra raza. Al menos en nuestra cultura occidental.
A ambas obviedades no se ha llegado porque sí, sin más. No las hemos “descubierto” nosotros, los modernos. Ha sido un largo y lento proceso de evolución no ya sólo mental, sino incluso genética, posible gracias a otros muchos pasos previos, como lo es toda la historia del ser humano sobre la Tierra.
Sin pretender desarrollar ninguna tesis sino, más bien, expresar lo que uno siente cuando oye el golpeteo insistente de las noticias sobre violencia por diferenciación sexual , creo que es llegado el momento de convertir en normal lo que todos llevamos ya totalmente interiorizado.
A nadie le falta información. Pienso que no hacen falta, tampoco, ni nuevas ni grandes leyes. Si acaso, falta cierto nivel en la exigencia del cumplimiento de las que tenemos. Sobre todo, de aquellas que nos definen y defienden como personas. Que no se puede matar, que no se puede utilizar la violencia en nombre de nada contra otro ser humano. Que, en caso de conflicto, para eso está la justicia, para dirimir entre iguales.
Pero tiene que estar. Es necesario asumir con claridad ese principio y con firmeza la exigencia social de su cumplimiento. Sin complejos. Y es necesario dotar de los medios precisos para su desarrollo a las instituciones implicadas y al propio sistema judicial.
Creo que en las medidas de defensa de la igualdad entre hombres y mujeres hay demasiado márketing, demasiada “legislación espectáculo”, una insistente búsqueda, en fin, de un titular en la prensa, y excesiva focalización ideológica.
Con muy pocos pasos, pero tal vez con más firme decisión, se ha conseguido en poco tiempo que más de medio país deje de fumar y el resto seguro que lo hará en breve.
Sería importante hacer algo más. Que no sólo el fumar mata.
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