En Cádiz, como en cualquier ciudad que se precie, se buscó un lugar adecuado para cubrir una necesidad social que ha dado y sigue dando muchos quebraderos de cabeza: el botellón juvenil.
Aunque no fue fácil encontrar sitio adecuado, se logró uno que podría cubrir el expediente: a la orilla del mar, aire limpio… Y con un único, pero importante problema: la seguridad.
A tal fin, se dispuso, con buen criterio, la colocación de unas mamparas transparentes, que no rompieran las vistas y, sobre todo, que evitaran la posibilidad de que alguno terminara involuntaria o inconscientemente en el agua. Costó su pasta, no creáis.
Muy bien: pues las han destrozado. Así, sin más: destrozadas las mamparas aunque estaban puestas para su seguridad.
Desde luego que no pasa nada, porque se pondrán otras y ya está. Pero esto me llevó a seguir dando vueltas a algo que nunca acabo de entender: ¿por qué a los jóvenes les molesta, les irrita, les pone nerviosos, les sobreexcita en grado sumo todo aquello que esté limpio?
Pintad una pared, poned buzones nuevos en el Bloque, renovad el ascensor, que ponga el del gas el papelito para la próxima lectura del contador, una nueva marquesina para el autobús y un largo etcétera con el mismo común denominador: en horas, se verán llenas de graffitis, rayados , arrancadas o, simplemente, destrozados o destrozadas.
Y ¿cómo se llamará esa enfermedad?, que no lo sé. Porque ahora eso será una enfermedad, supongo. Y de las importantes, que no es tan infrecuente como sería deseable. Así que empecé a jugar con las palabras, con sus raíces, con los idiomas en los que se ponen nombres a las palabras importantes.
¿Será por miedo? y me salió: catarismofobia: miedo, temor irracional e irreprimible a todo lo que esté o huela a limpio; ¿será odio?: misocatarísmico: aplicado a las personas, dícese del sujeto que odia profundamente la limpieza; ¿será, en fin, porque el orden, la limpieza implican disciplina, responsabilidad, conciencia de vivir en sociedad y es mejor “ancha es Castilla”? Pero para este último caso tenemos nombres de sobra, así que termino el juego.

Estoy totalmente de acuerdo. La juvetud parece que ha perdido valores o son sus padres quienes han perdido la sana costumbre de transmitírselos.
ResponderEliminarNo sé, Juan. No estoy muy seguro de que sea solamente la juventud la que ha perdido valores. El caso es que sí, hemos perdido un poco el norte; hemos quitado muchos "santos" y no hemos puesto ninguno en su lugar. ¿Será sólo un sarampión?
ResponderEliminarDon Ángel, porque es como así te llamaba, y así me gusta seguir haciéndolo.
ResponderEliminarEnhorabuena por tu blog, me encanta saber que sigues bien y que sobre todo, sigues escribiendo y haciendo llegar a muchos tu sabiduría.
Un saludo desde Sevilla.
Tu siempre alumna, Luna.
Gracias, Luna. Aquí no esperes sabiduría. Si acaso, los posos, el asiento que van dejando los años junto con el impulso que, todavía, los años no hayan podido llevarse. Un abrazote.
ResponderEliminarDon Ángel como siempre pendiente de la juventud. Educando,y digo bien, porque cualquier enseñanza suya no se vivencia como un reproche, sino como un regalo de la experiencia y el cariño que usted nos transmite.
ResponderEliminarUna vez más aporta un nuevo granito que sedimenta en mi persona haciéndome un poco más madura y mejor ser humano.
¡Gracias una vez más!
Rosa.