Recuerdo a mi madre arrastrándose por el piso de la casa con un trapo en la mano y un cubo de agua y la pastilla de jabón a su lado. También le tocó esa tarea a mi mujer en más de una ocasión cuando aún era casi una niña, que así fregaban ellas por aquellos años los suelos de la casa. Cuando terminaban, se quejaban de que les dolía todo: las rodillas, la espalda... Y con razón.
Recuerdo igualmente el grito con que éramos recibidos cuando aparecíamos dispuestos a cruzar todos los espacios del hogar que estaban siendo fregados, con el pretexto de buscar en nuestra habitación, allá al fondo, algo “absolutamente necesario” en aquel momento. Eras despedido inmediatamente -“¡Fuera de aquí, hombre, que estoy fregando!”- y debías darte por contento si desaparecías al instante. También llevaban razón.
No me gusta comparar y vanagloriarme de lo muy modernos que somos ahora y lo cavernícolas que eran las gentes hace algunos años. Cada época ha sido, siempre, más avanzada que la anterior. Justamente por eso, porque lo hemos ido haciendo sobre los logros anteriores, es por lo que ahora estamos donde estamos, que será bastante retrógrado para quienes llevarán las riendas del mundo en los años venideros a menos que sepan juzgarnos enmarcados en nuestra época.
Sin embargo, me he parado en el recuerdo de las mujeres trabajando arrodilladas por el suelo - con lo que tiene de imagen y lo que la imagen conlleva- porque hubo un hombre, D. Manuel Jalón Corominas (1925-2011) que, además de pensar lo mismo, dedicó tiempo, esfuerzo e ingenio para conseguir algo que también es una imagen, pero de distinto signo: que la mujer dejara de arrodillarse para pasar a estar de pie.
No pretendo aquí debatir sobre la igualdad entre hombres y mujeres. Mi comentario ha surgido porque no hace muchos días, el 16 de este mismo mes, murió D. Manuel, el inventor de la fregona. Y no tengo conocimiento de que se le haya rendido homenaje de ningún tipo ni por parte de las autoridades competentes en la materia ni por parte de asociación o grupo femenino alguno cuando pocos y pocas hicieron tanto por la mujer, en la práctica, como en su día hiciera este riojano.
Así que –hijo entonces, hoy esposo y padre- vaya desde aquí mi personal gratitud y reconocimiento. ¡Qué menos!
Está muy bien eso de acordarse de las personas que han prestado un gran servicio a la comunidad, apenas valorado por la costumbre de verlas en casa de forma rutinaria.
ResponderEliminarRecuerdo las rodillas coloradas e hinchadas de mi madre después de pasar la "algofifa" por los suelos de la casa. Seguro que hay muchos inventores por ahí que están esperando a alguien como tú que los rescate del olvido. Saludos Eduardo
POr cierto, me has recordado una palabra, de las muchas, que nos hacía gracia en casa, recién llegados de Extremadura: "algofifa". Después, vuelta la familia a la tierra extremeña, siguió arraigada en nuestro lenguaje y sólo desapareció con este invento. Un abrazo.
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